HondarribiaMegalitica01

La Estación Megalítica de Jaizkibel en Hondarribia se sitúa en la mitad nororiental de esta sierra, en la línea de la cresta y en la vertiente hacia el mar. En la actualidad agrupa tres dólmenes y un conjunto de cromlechs pirenaicos.

Se encuentra declarado Bien Cultural Calificado, con la categoría de Conjunto Monumental, por el Gobierno Vasco (Decreto 137/2003, de 24 de junio).

Los dólmenes, conocidos tradicionalmente como “trikuharriak”, constituyen las primeras arquitecturas de nuestro país. Son sepulturas acumulativas de inhumación construidas por grupos de tradición pastoril durante las edades del Cobre y del Bronce, hace ahora entre 5.000 y 3.000 años.

Se constituyen por una cámara de planta poligonal formada por losas hincadas, generalmente cubierta con otras, y por un túmulo o montón de piedras y tierra de base circular. En su interior se depositaban sus muertos, junto con objetos de uso común y de ofrenda.

Relacionados por la tradición con sepulturas de “gentiles” y otros personajes mitológicos, su estado actual es debido, en buena parte, a la búsqueda de los tesoros que antaño se presumía acompañaban a tales enterramientos.

De fecha más reciente son los círculos de piedras o cromlechs pirenaicos, denominados popularmente “baratzak”, “mairubaratzak” o “jentilbaratzak”; adscritos a la edad del Hierro, primer milenio antes de Cristo, parecen ligados a grupos pastoriles vascones.

Estos singulares recintos “sepulcrales” de entre dos y quince metros de diámetro, delimitados por losas y bloques hincados verticales y frecuentemente rellenos de tierra y piedras, guardan en su interior (en una pequeña urna de piedras, en una cerámica, o en un agujero practicado en el terreno), una porción del cenizal resultante de la incineración del difunto. Erigidos aislados o formando agrupamientos, que en ocasiones superan la veintena de estructuras, excepcionalmente se presentan entrelazados o tocantes.

El conocimiento de la existencia de este Patrimonio Monumental resulta imprescindible para comprenderlo y disfrutarlo como herencia del pasado, además de para procurar su conservación y propiciar su transmisión en la mejores condiciones a las generaciones venideras.