La muralla del Casco Histórico es una de las pruebas más evidentes del origen medieval de la villa. Su trazado diversas ampliaciones como consecuencia del desarrollo propio del entramado urbano.

Fue a finales del siglo XV y principios del siglo XVI cuando se acometieron las grandes obras de la fortificación. Prueba de ello son los cubos, baluartes, fosos y puentes levadizos que se levantaron protegiendo a la población que habitaba el promontorio. El acceso al espacio intramuros se realizaba a través de dos puertas, la de Santa María y la de San Nicolás, precedidas de sendos puentes levadizos. Ambas han perdurado hasta nuestros días.

A partir del siglo XVII el recinto fortificado se amplió con la construcción de los revellines, el de San Nicolás y el de Guevara, y la contraescarpa.

Las gruesas y altas murallas, realizadas en mampostería con piedra caliza del monte Jaizkibel, rodearon la ciudad hasta finales del siglo XVIII.

El Cubo de Santa María, el Baluarte de la Reina, la Fortificación de San Nicolás y el Bastión de Santiago son estructuras que se han conservado hasta hoy, no así el Baluarte de la Magdalena, cuyos restos deben localizarse bajo el entramado urbano actual.

Puede realizarse un cómodo paseo a pie circundando todo el recinto amurallado, pudiendo apreciarse la sobriedad y dimensión de la fortificación. Partiendo por la Puerta de Santa María en dirección a los jardines del árbol de Gernika, se encontrará con los lienzos mejor conservados.